Desde que X me abandonó por no tener dinero, mi vida ha dado un giro de 180 grados. No fue una escena de película. No hubo gritos ni portazos. Fue peor: fue práctico. Eficiente. Como una conversación de recursos humanos en la que te explican que no encajas en la nueva estructura. Yo asentí, fingí madurez, recogí mis cosas emocionales en una caja imaginaria y salí de allí convencido de que algo en mí estaba defectuoso. Durante mucho tiempo pensé que aquel abandono hablaba de mis límites. Hoy sé que hablaba de mis tiempos.
A los cuarenta y tres años uno debería tenerlo todo claro, dicen. Yo lo que tenía claro era que durante demasiado tiempo me había esforzado. Me había esforzado en gustar, en sostener, en estar a la altura de expectativas que no siempre eran explícitas, pero sí constantes. Me había esforzado incluso en el sexo, como si cada encuentro fuese una auditoría silenciosa. Y eso, aunque no se nota al principio, acaba oliendo. El deseo detecta el esfuerzo como los perros detectan el miedo.
El primer cambio no fue externo. Fue interno y casi ridículo: dejé de intentar caer bien. Dejé de justificarme. Dejé de explicar por qué hacía lo que hacía o por qué no estaba donde se suponía que debía estar a mi edad. No fue una decisión consciente; fue cansancio. Y desde ese cansancio empezó algo nuevo.
Recuerdo perfectamente la primera vez que lo noté. Estaba en un bar, en Valladolid, uno cualquiera, sin intención de nada. Pedí un whisky solo porque sí, me senté sin mirar alrededor y me puse a observar. Había aprendido a observar porque durante años había estado esperando señales. Aquella noche no esperaba nada. Y fue entonces cuando ella me miró. No fue una mirada coqueta ni calculada; fue una mirada curiosa, tranquila, casi descarada. Sostuvo mis ojos un segundo más de lo habitual. No sonreí. No desvié la mirada. Simplemente me quedé ahí. Ese segundo lo cambió todo.
Desde entonces empezó a repetirse. En bares, en cenas, en aeropuertos, en casas ajenas. Mujeres que se acercaban sin urgencia, sin ansiedad, sin la necesidad de saber qué venía después. Yo tampoco lo sabía. Y eso era exactamente lo que las atraía. No ofrecía futuro ni lo negaba. Ofrecía presencia. Mi cuerpo no había cambiado. Seguía siendo el mismo cuerpo que había sido ignorado, discutido, evaluado. Pero ahora lo habitaba distinto. Me movía sin pedir permiso. Tocaba sin miedo a incomodar. Escuchaba sin la intención de responder bien. Y en la cama, sobre todo en la cama, dejé de demostrar. El sexo dejó de ser una prueba y se convirtió en un espacio.
Al mismo tiempo, sin que fuera un plan ni una meta consciente, mi vida empezó a ordenarse por otros lados. El trabajo dejó de ser supervivencia y pasó a ser elección. Empecé a ganar bien, pero sobre todo empecé a ganar tranquilo. Sin urgencias. Por mis propios medios, sin cumplir horarios, sin jefes escandalosos. Sin esa sensación de estar siempre compensando algo. Hoy puedo permitirme decir que no a proyectos que no me apetecen y que sí a otros solo porque me excitan intelectualmente. Eso, curiosamente, también se nota en cómo hablo, en cómo me siento, en cómo me paro frente a los demás.
Viajo más. No como huida, sino como premio. Aeropuertos que antes me generaban ansiedad ahora me producen una calma rara, casi doméstica. Hoteles mejores, comidas sin mirar el precio primero, decisiones tomadas por deseo y no por necesidad. Me permito cosas sin sentir culpa. Me compro tiempo. Me compro silencio. Me compro experiencias que antes habría justificado como caprichos y que hoy entiendo como parte de una vida bien vivida.
También estoy mejor conmigo. No feliz de postal, sino en paz. Duermo mejor. Camino más lento. No vivo esperando el próximo gran acontecimiento porque mi día a día ya me gusta bastante. He dejado de compararme. He dejado de pensar que voy tarde. Y cuando uno deja de correr, empieza a resultar interesante. Todo eso —el trabajo, el dinero, los viajes, la calma— no me define, pero me sostiene. Y desde ahí, desde esa base firme, el deseo fluye distinto. No necesito que nadie venga a completarme ni a rescatarme de nada. Estoy entero. Y eso, aunque suene poco romántico, es profundamente erótico.
X fue importante en todo esto, aunque no como ella cree. Con X aprendí lo que era jugar con los límites: tríos, intercambios, miradas compartidas, acuerdos tácitos que parecían modernos pero que, en el fondo, seguían estando atravesados por el miedo a perder. Hacíamos cosas muy libres desde lugares muy atados. Cuando se fue, pensé que me había quedado sin ese mundo. En realidad, me había quedado sin la necesidad de justificarlo. Ahora puedo decirlo sin pudor: me va increíble con las mujeres. No porque las conquiste, sino porque no las necesito para confirmar nada. Y eso genera una tensión deliciosa. Puedo quedar con una un viernes, con otra un sábado, rechazar planes un domingo sin culpa. Puedo acostarme con alguien y no escribirle al día siguiente, o escribirle solo para decirle que me gustó cómo respiraba cuando dormía. No prometo continuidad, pero tampoco desaparezco. Estoy donde estoy, y eso, paradójicamente, es raro.
Hay una escena que se repite últimamente. Una mujer frente a mí, copa en mano, mirándome como si intentara descifrar algo. «¿Qué buscas?», me preguntan. Y yo contesto la verdad: «Nada que no quiera quedarse». Algunas se levantan. Otras se quedan. Las que se quedan no lo hacen para poseerme, sino para experimentar ese espacio sin etiquetas. Y eso es profundamente sexual.
El sexo, a esta edad, deja de ser gimnasia y se convierte en lenguaje. Hay pausas. Hay silencios. Hay risas. Hay cuerpos que no se esconden. Me excita no tener que impresionar. Me excita elegir. Me excita que me elijan sin necesidad. Me excita saber que puedo irme y que, aun así, me pidan que me quede un poco más. Estoy en beligerancia con el compromiso, sí. Pero no por inmadurez. Es justo lo contrario. Estoy en guerra con la idea de comprometerme por miedo a perder lo que ahora tengo: calma, deseo limpio, noches sin resaca emocional. No quiero construir desde la escasez. Ya lo hice. No quiero salvar ni ser salvado. Quiero compartir sin hipotecar.
A veces me sorprendo pensando en el pasado, en el hombre que fui. En el que se esforzaba, en el que negociaba su valor, en el que confundía intensidad con profundidad. No lo juzgo. Le tengo cariño. Pero no volvería ahí ni por nostalgia. Esto que vivo ahora no es revancha ni ajuste de cuentas. Es coherencia tardía. Estoy en mi prime porque, por primera vez, no me estoy empujando hacia ningún sitio. Porque el deseo llega sin ser convocado. Porque mi presencia pesa más que mis promesas. Porque puedo decir que no sin miedo. Porque puedo decir que sí sin ansiedad. Porque el sexo ha dejado de ser un objetivo y se ha convertido en un efecto secundario de estar bien conmigo.
No sé cuánto durará. No me importa. No estoy intentando congelar este momento ni convertirlo en identidad. Solo lo habito. Y eso, después de tantos años de sentir que iba tarde o mal, es un lujo que no pienso desperdiciar.
Si esto es el prime, que me quede aquí un rato más.
No pido más.
