Siempre he sospechado que el compromiso y yo no nacimos para entendernos. No por trauma, no por desgana, ni por esa narrativa absurda de «los hombres le tienen miedo a sentar cabeza». No, lo mío es algo más sofisticado y, a ratos, más ridículo: una especie de guerra silenciosa donde yo soy diplomático, soldado y desertor al mismo tiempo. Y aunque he pasado años soltero —años gloriosos, años desordenados, años de existir a mi propio ritmo— de vez en cuando amanece en mí un deseo extraño de estabilidad, como un eco remoto que no sé de dónde viene, pero aparece. Aun así, cada vez que asoma la posibilidad de una relación formal, yo me transformo en un país pequeño dispuesto a defender su frontera emocional con una fiereza que ni sé de dónde saco.
Es curioso, porque la gente habla del compromiso como si fuera una bendición definitiva, un ascenso espiritual, una medalla por buen comportamiento. A mí me provoca lo contrario: me despierta un instinto bélico, una urgencia primaria de proteger mi territorio. No es miedo; es defensa preventiva. No es rechazo; es supervivencia. En cuanto percibo el aroma de la formalidad, me pongo en guardia, como si la sola palabra «relación» viniera acompañada de un contrato que me obliga a entregar mis alas a largo plazo, sin devolución posible. Entonces empieza mi beligerancia: una resistencia interna que no grita ni patalea, pero sí clava sus pies en el suelo y dice: «Hasta aquí, compadre. Yo paso».
La cosa es que he aprendido a amar profundamente mi libertad, no como concepto abstracto sino como práctica diaria, íntima, casi ceremonial. Mi libertad es una amante silenciosa que no exige explicaciones, no toma notas de lo que hago, no se ofende si cambio de planes, no pregunta a qué hora vuelvo. Es una comodidad que se te mete en los huesos sin que te des cuenta, y cuando eso pasa, volver a compartir tu rutina con alguien ya no es tan sencillo como la gente lo pinta. La libertad tiene sus ventajas y yo he hecho de ellas mi casa: la libertad de dormir en diagonal, de viajar cuando me da la gana, de desaparecer un día entero sin necesidad de justificarlo, de escribir hasta la madrugada sin recibir un «¿vienes ya?», de follar por deseo y no por calendario, de comer a destiempo, de no negociar cosas que para mí siempre han sido innegociables.
No sé si la gente se atreve a decirlo, pero la soltería tiene beneficios indecentes. Está ese lujo de no decepcionar a nadie, de no sentirte observado, de no tener que ensayar versiones mejores de ti para encajar en expectativas que no pediste. Ser soltero es, en cierto modo, un ejercicio de honestidad: eres quien eres, sin adornos, sin compromisos performativos, sin ese teatro de pareja donde a veces uno actúa más de lo que siente. Cuando estás solo, no hay nadie que interprete tus silencios como distancias, ni tus ausencias como desinterés, ni tus manías como señales del apocalipsis emocional.
Pero claro, no todo es fiesta. A veces, muy de vez en cuando, surge dentro de mí una ternura incómoda. Una sensación que no sé si llamar nostalgia o curiosidad emocional. Es como una punzada suave: la idea de que sería bonito tener a alguien con quien compartir la intimidad sin reservas, alguien que me abrace sin hacer de ese gesto una guerra de significados. Y aunque esa idea aparece, yo la espanto como quien espanta un mosquito que no termina de irse. No porque no la quiera… sino porque no quiero caer en la trampa de repetir historias que sé cómo terminan.
Y aquí entra la parte divertida: las opciones que me han caído últimamente no ayudan. No es culpa de ellas, supongo. Pero parecen seleccionadas por un algoritmo malicioso que quiere que yo renuncie definitivamente a la vida en pareja. Mujeres hermosas, sí; inteligentes, por supuesto; interesantes, sin duda. Pero también llenas de teorías, de manifiestos, de batallas personales que me incluyen sin que yo haya firmado nada. Siento que muchas de ellas están peleando guerras que no son conmigo, pero me usan de sparring sin previo aviso. Y yo, que por dentro soy más tradicional de lo que aparento, me veo en medio de discusiones que no pedí, defendiendo posturas que no tengo, explicando cosas que no he hecho.
Tal vez por eso no logro encontrar a esa mujer que encaje con el hombre que realmente soy: un tipo sencillo en lo afectivo, directo en el amor, más emocional de lo que admito, menos complicado de lo que parezco. Y aunque he conocido mujeres fantásticas, no he sentido esa conexión que hace que uno quiera bajarle la guardia al corazón. No sé si el mundo ha cambiado demasiado o si soy yo el que se quedó anclado en una forma de amar que ya no es tendencia, pero lo cierto es que no ha aparecido la mujer que me haga pensar que vale la pena ceder terreno.
Y aun así, no quiero envejecer solo. No me avergüenza admitirlo. La soledad es deliciosa, sí, pero solo en ciertas dosis. No quiero llegar a viejo y descubrir que la única mano que tengo cerca es la mía. No quiero una vejez silenciosa, ni una casa sin risas compartidas, ni viajes donde el asiento de al lado esté siempre vacío. A pesar de todas mis defensas, yo sí deseo una mujer tranquila, de las de antes, de las que no llevan la vida en formato guerra, femenina pero no feminista, de las que abrazan sin pedir explicaciones, de las que sonríen más de lo que protestan, de las que no te revisan el alma buscando fallos técnicos.
A veces pienso que mi beligerancia no es contra el compromiso en sí, sino contra la posibilidad de comprometerme con la mujer equivocada. Creo que me estoy defendiendo de un escenario que conozco demasiado bien: renunciar a mi libertad por alguien que no sabrá qué hacer con ella ni conmigo. Quizá mi alma ya se cansó de malgastar energía en amores que no estaban destinados a durar, y por eso ahora activa la alarma aunque no haya peligro real. O quizá estoy, simplemente, esperando un rostro específico, una voz que todavía no he escuchado, una forma de ser que aún no ha cruzado mi camino.
Mientras tanto, vivo en este estado raro de beligerancia, una beligerancia suave, casi elegante, que no destruye nada pero que mantiene mis murallas bien firmes. No tengo prisa, aunque a veces me visite la ansiedad de futuro; no tengo miedo, aunque haya noches en que desearía un cuerpo tibio al lado; no estoy cerrado, aunque a menudo parezca que sí. Estoy, más bien, en una espera activa, atento a la posibilidad de que llegue esa mujer que me haga querer rendirme sin sentir que estoy perdiendo nada.
No sé cuál será el final de esta historia. No sé si un día me despertaré con ganas de bajar todas las defensas o si seguiré disfrutando de mi vida libre hasta que el destino decida sorprenderme. No sé si este conflicto interno terminará en paz, en tregua o en capitulación voluntaria. Lo que sé es que, por ahora, sigo aquí, oscilando entre el deseo de compañía y la devoción por mi libertad, navegando entre mis ganas y mis miedos, viviendo en un equilibrio inestable que, curiosamente, se ha vuelto mi hogar.
La vida dirá.
Quizá un día encuentre a la mujer que calme esta beligerancia.
O quizá la beligerancia era, desde el principio, mi forma de reconocer que aún no ha llegado la indicada.
El final está abierto.
Como yo, supongo.
Foto: IA
