No sé en qué momento el chat dejó de ser una discusión y empezó a parecer un espejo. Quizás fue cuando ella me preguntó que si de verdad creía que mujeres y hombres éramos iguales. Y yo, que había prometido no meterme nunca más en debates imposibles, me descubrí escribiendo un ensayo emocional disfrazado de respuesta.
A veces me pasa: no sé si estoy conversando o confesando. Empezamos con lo típico —el feminismo, los roles, la confusión moderna—. Ella hablaba desde la herida, y yo desde la duda. Yo creía estar razonando, pero en el fondo solo me estaba defendiendo. Porque en esta época, ser hombre es, de alguna manera, pedir disculpas por existir. Y ser mujer, según ella, es sobrevivir a esa existencia.
Durante los primeros minutos discutimos como si estuviéramos en Twitter: frases lapidarias, certezas rápidas, cero matices. Hasta que me detuve, respiré, y le escribí algo que detuvo el tiempo por un momento.
—No somos enemigos. Solo estamos rotos por dentro.
Hubo silencio.
O lo que equivale a silencio en un chat: el cursor parpadeando como un corazón indeciso.
Ella me respondió con una frase que no esperaba.
—Entonces por fin estamos de acuerdo en algo.
Tenía 34 años, según su foto de perfil. Cabello rizado, mirada desafiante, de esas que no buscan aprobación sino que examinan. Leí algunos de sus textos: hablaba de independencia, de heridas, de autodescubrimiento. Y sin embargo, entre líneas, había una tristeza que no hacía falta confesar. Me contó que estaba cansada de hombres que la trataban como trofeo, pero también de los que se decían “deconstruidos” y solo querían aplausos. Que le costaba encontrar a alguien que no la viera como un símbolo o una amenaza.
Yo le confesé que, a veces, me sentía igual: que el discurso moderno había convertido la atracción en un campo minado. Que ya nadie sabía flirtear sin pedir perdón antes. Y que la seducción —ese arte viejo de mirarse y entenderse sin palabras— se había vuelto un acto políticamente sospechoso.
Ella rió.
No con burla, sino con alivio.
Le conté que no me considero machista, aunque tampoco me identifico con los hombres que se esfuerzan por demostrarlo. Que detesto los extremos. Que creo en la diferencia, pero no en la desigualdad. Y que el feminismo radical me parece una causa justa con pésimos embajadores.
Ella reaccionó.
—A veces las mujeres radicales somos solo mujeres cansadas. Cansadas de explicar lo obvio, de tener que justificar que también tenemos rabia.
A lo que contesté.
—Y los hombres confundidos somos solo hombres cansados. Cansados de sentir que cada gesto puede interpretarse como agresión.
Nos quedamos ahí, en ese punto donde la discusión se volvió confesión. Como si hubiésemos cruzado la frontera entre el discurso y la piel. Le hablé de lo que muchos hombres no dicen: que el deseo también puede ser inseguro, que el rechazo duele igual aunque no lo mostremos, que la vulnerabilidad no nos resulta natural porque nos enseñaron que sentir es una amenaza.
Y entonces ella me habló de su otra mitad del mundo: de mujeres que se sienten libres pero no felices, fuertes pero solas, deseadas pero no vistas. De cómo la libertad sexual —esa bandera tan celebrada— a veces se convierte en otra forma de vacío. Y fue entonces cuando entendí algo que nunca había querido admitir: que la revolución sexual no nos hizo más libres, sino más confundidos. Que el sexo se volvió un idioma rápido, pero el amor se quedó sin traductores.
Seguimos escribiendo durante horas. Yo en mi escritorio, ella quién sabe dónde. Entre mensaje y mensaje, el vino me ayudó a quitarle solemnidad al asunto. Le conté que crecí escuchando que los hombres deben proteger, proveer, dirigir. Que ahora no sé si puedo hacerlo sin que suene a control. Ella me dijo que le gustaría, por una vez, no tener que liderar todo: ni su carrera, ni su cuerpo, ni su relación.
Que ser fuerte cansa.
Nos reímos.
Nos reímos de nosotros, de lo absurdo que resulta que dos personas que buscan lo mismo —ser entendidas— terminen midiéndose con tanto recelo.
—Quizás no somos tan diferentes —escribió.
—Quizás —respondí— solo usamos manuales distintos.
Me contó que había amado a un hombre que no supo mirarla. Yo le conté que amé a una mujer que me miró demasiado, pero nunca me observó. Nos encontramos en ese punto exacto donde las heridas son espejo, no frontera.
—El problema no es que seamos distintos. El problema es que nos enseñaron a competir, no a complementarnos —le dije.
—Y que ahora nadie sabe quién cuida a quién —ella contestó.
Otra vez silencio.
Otra vez el cursor latiendo.
Ya eran casi las tres de la madrugada cuando le pregunté algo que no tenía que ver con ideologías.
—¿Qué es lo que más te da miedo de todo esto?
Tardó en responder.
Pensé que se había dejado dormir.
—Que nos acostumbremos a estar rotos —escribió al fin—.
Que un día el dolor deje de doler, y solo quede la costumbre. Y ahí lo entendí todo. No hablábamos de feminismo, ni de machismo, ni de sexo. Hablábamos de la soledad. Esa que no distingue género ni bandera. Ella lo dijo con claridad: estamos rotos por dentro. No por lo que somos, sino por lo que nos hicieron creer que debíamos ser. Y en ese momento, sin saberlo, habíamos escrito juntos la conclusión más honesta de todo el debate contemporáneo.
Cuando cerré el chat, me quedé mirando la pantalla como quien mira un abismo que todavía lo mira de vuelta. Pensé en escribir este relato. En convertir esa conversación en algo tangible, para que no se desvaneciera como todas las demás cosas que intento sentir sin romperme.
Pero mientras escribía, la verdad empezó a escurrirse entre mis dedos: la conversación nunca fue real. No hubo una mujer al otro lado. No hubo dedos tecleando respuestas, ni una respiración esperando la mía. Solo estaba yo. Yo y mis grietas, yo y mis fantasmas, yo y esta necesidad absurda de darle nombre a la soledad para que no se sienta tan enorme.
La inventé.
Inventé su risa, su rabia, su cansancio. Inventé a alguien que también dudara, que también sintiera miedo, que también estuviera perdiendo el pulso por dentro. Porque a veces la mente crea compañía cuando el corazón se queda sin testigos. La inventé porque necesitaba creer que allá afuera existe alguien tan roto como yo.
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