Durante mi época universitaria, un par de mujeres estaban tan enamoradas de sí mismas que cualquier saludo lo traducían como una propuesta matrimonial. No es metáfora, ojalá lo fuera. Si yo decía «hola», ellas escuchaban «quiero lamerte el alma, tus traumas y tu Instagram». Y claro, como en esa época yo todavía creía que la gente era más o menos normal, no supe ver el peligro. Yo era Henry, estudiante aplicado a ratos, mediocre la mayoría del tiempo, con más ojeras que certezas, y con la mala costumbre de tratar bien a la gente. No por estrategia de ligue, ni por religión, ni por trauma infantil. Simplemente porque me salía así. Y eso, por lo visto, fue mi gran error con ellas.
Recuerdo el día exacto. Yo caminaba por el pasillo principal de la uni durante uno de esos congresos universitarios llenos de carteles de «liderazgo» y «networking», que en verdad significaban: «ven a perder el tiempo con ropa formal». Necesitaba un simple dato: el nombre del profesor que estaba coordinando un proyecto al que quería entrar. Nada más. No buscaba números, besos, ni el amor de nadie. Solo un nombre.
Las vi sentadas juntas en un banco metálico: una la conocía de vista, la otra no. Pero tenían la misma pose: esa mezcla entre aburrimiento y superioridad que solo dominan quienes creen que el mundo debería aplaudirlas por existir.
Me acerqué.
—Chicas, disculpen. ¿Saben quién está coordinando lo del proyecto de medios?
La que conocía sonrió, cordial.
—Claro, Henry. Es el profesor Márquez. Está en el auditorio.
La otra me escaneó como si estuviera aprobando o rechazando mi solicitud de ligue, una solicitud que jamás envié.
—¿Y para qué quieres saber? —preguntó con voz dulce y cuchillo escondido.
—Quiero entrar al proyecto —respondí.
Ellas asintieron, respondieron un par de cosas más, y yo me despedí con un «gracias» y seguí mi camino. Cinco segundos de interacción, ningún coqueteo, cero interés. Ningún gesto que una persona emocionalmente equilibrada pudiera interpretar como ligue. Pero claro… equilibrio emocional no era precisamente la especialidad de ese dúo.
Días después empecé a notar miradas raras. Cuando pasaba cerca de ellas, se inclinaban la una hacia la otra y sonreían como si hubieran descubierto un secreto universal. Yo pensé que era paranoia. Pero no. La confirmación llegó por boca de Cheo, un pana de la cafetería.
—Hermano, ¿qué hiciste con las dos reinas del veneno?
—¿Yo? ¿Qué hice de qué?
—Dicen por ahí que tú estabas tentando a ambas. Que querías ver con cuál te quedabas.
Me reí.
Pensé que era broma.
No lo era.
Según su ficción, yo no solo había intentado ligar con ellas, sino que lo había hecho con una estrategia digna de telenovela barata: «tanteándolas», «probando suerte con las dos», «dejando señales».
Todo basado en… preguntar por un profesor.
Gran evidencia.
Caso cerrado.
Lo que realmente me molestó no fue el chisme en sí, sino la vanidad. Esa arrogancia de creer que cualquier gesto masculino debe tener intención sexual. Para ellas no existía la posibilidad de que un hombre les hablara sin querer algo. Era impensable que simplemente yo fuese un ser humano funcional, con mínimo interés social y cero intención romántica.
Empecé a observarlas más. No por trauma, sino por estudio sociológico: destrozaban reputaciones en minutos. Si un hombre respiraba cerca de ellas, era porque «seguro le gustaba». Si saludaba demasiado amable, era «intenso». Si no saludaba, «estaba dolido». Vivían en una película donde todos querían con ellas.
Qué cansancio.
Tiempo después, sentado en el césped revisando mi timeline de Twitter, la amiga de mi amiga se me acercó sola. Por primera vez no estaba acompañada de su inseparable socia del chisme.
—Hola, Henry —dijo, con voz suave.
—Hola —respondí.
Vino la charla trivial. Y entonces, sin que yo lo pidiera, se bajó de su pedestal.
—Yo sé que tú no tenías mala intención el otro día.
Ahí estaba el reconocimiento involuntario de culpa ajena.
—¿Qué «intención» se supone que tuve? —pregunté.
Ella miró hacia el suelo.
—La otra dijo que tú estabas tratando de coquetear con nosotras dos.
Traducción: no vi nada, pero preferí creerle a la que habló más duro.
—Solo necesitaba el nombre del profesor —dije, con una sonrisa irónica—. No soy tan creativo como para coquetear preguntando por proyectos académicos.
Se rió, nerviosa.
—Sí… después pensé que no era eso.
«Después».
Siempre después.
Después de que ya te juzgaron, después de que ya te etiquetaron, después de que ya te deformaron.
Nunca antes.
El chisme duró un par de semanas más. Se alimentó, creció, mutó… como todos los virus. Pero al final se aburrieron. Ese tipo de gente es leal al entretenimiento, no a la verdad. Cuando se agota el escándalo, buscan otro.
Yo simplemente borré el episodio de mi vida. No valía la pena aclarar nada. Ellas tampoco lo valían. A quienes deciden creer la peor versión de ti sin preguntarte, no les debes ninguna explicación.
Los años pasaron.
La universidad quedó atrás, como tantas cosas idiotas que uno vivió sin saber que luego serían anécdotas. Hasta que un día, en un evento cualquiera, alguien mencionó el nombre de la chismosa principal. La más venenosa. La líder involuntaria del dúo.
La persona que la mencionó trabajaba con una amiga suya. Y cuando uno está en un país pequeño —o en un mundo pequeño emocionalmente— las historias regresan como boomerangs.
—Te voy a contar algo —me dijo él, con sonrisa de quien está a punto de soltar dinamita—. Aquello que pasó en la universidad… el chisme de que tú querías con las dos…
Yo me reí.
—Sí, eso mismo. Qué locura.
—Pues en realidad que la que más habló de ti era la que estaba realmente interesada en ti.
Silencio.
Ese silencio que no es sorpresa, sino confirmación.
—¿Cómo así?
—Que a ella sí le gustabas. Bastante. Pero como pensó que tú mirabas a su amiga también, se puso en modo defensa. Y claro, para no quedar como la única que se «enganchó», prefirió convertirte en agresor emocional. Es más fácil decir «él iba detrás de nosotras» que admitir «él me movió algo».
Ahí encajó todo.
El ego, la vanidad, la necesidad de tener el control narrativo. La falta de humildad para decir: «me gustó un tipo y no supe manejarlo».
Ella prefirió inventar una ficción antes que admitir un deseo. Prefirió quedar como víctima antes que arriesgarse a mostrar interés. Prefirió apuntarme a mí antes que verse vulnerable. Lo irónico es que la única persona que realmente tenía un interés no era yo.
Era ella.
Y aun así me convirtió en protagonista involuntario de un triángulo amoroso que solo existió en su cabeza. Hoy lo recuerdo sin rabia —o quizá con la justa—, pero con humor negro y una ceja levantada. Me señalaron por algo que nunca hice. Me criticaron por un deseo que no tuve. Y la que más ruido hizo… era la única que, en el fondo, sí habría querido que me acercara.
La vida tiene estos chistes finos. Ellas se quedaron con su historia inventada. Yo me quedé con la verdad. Y la verdad, es esta. Yo solo quería el nombre de un profesor. La que quería algo conmigo era ella.
Y nunca tuvo el valor de admitirlo.
Foto: Freepik

2 Comments
Antonio Málaga
Muy bueno, lo disfrutado mucho. Un abrazo grande.
Freddy Blaan
Antonio, gracias por tu tiempo, un abrazo.